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martes, 9 de junio de 2020

BASES PARA ANTOLOGÍA SPACE OPERA



1. Se podrán presentar relatos de entre 2500 y 6000 palabras.
2. Los relatos tendrán que enmarcarse dentro del género de la ciencia ficción y, concretamente, el subgénero de space opera. Deben tener un enfoque novedoso y que busque lo alternativo.
3. Cada persona podrá enviar un máximo de dos relatos, aunque solo uno de ellos podrá aparecer en la antología.
4. El número de relatos que formarán parte de la antología se ha estipulado en 12, sin perjuicio de que este número pueda ampliarse si así se estima conveniente.
5. Los relatos deben ser inéditos (no haber sido publicados ni en papel ni en soportes digitales).
6. Los relatos se presentarán en un archivo formato Word, tipografía Arial, tamaño de letra 12 e interlineado 1,5. El nombre del archivo será el nombre del relato, sin indicaciones a su autor ni seudónimos. En archivo Word aparte, con el mismo título del relato sumado a la palabra “plica” estarán los datos del autor: Nombre y apellidos, redes sociales y correo electrónico. Si se prefiere publicar con seudónimo, deberá ser indicado en este mismo archivo.
7. Los relatos podrán enviarse desde el 9 de junio (fecha de publicación de estas bases) hasta el 21 de julio a las 23.59 a la dirección lucyna.adamczyk@elephantsandspiders.org indicando en el asunto “Convocatoria Antología Space Opera”. Cualquier relato recibido fuera de esta fecha y hora será excluido de la selección.
8. Los relatos seleccionados se darán a conocer durante el mes de agosto.
9. Todos los relatos seleccionados se recogerán en una antología que se publicará en Lektu, así como en cualquier otra plataforma que se considere oportuna y podrá descargarse mediante pago social.

viernes, 3 de abril de 2020

13/52 relatos Un personaje se despierta con una cicatriz enorme y no sabe cómo se la ha hecho. Haz que recupere sus recuerdos durante el relato hasta que al final descubra la verdad.

Cicatrices

Cuando despertó, la cicatriz estaba allí. Amplia, profunda, de color rosado. Cruzaba el brazo en vertical, desde el revés de la muñeca hasta la flexura del codo. Desconocía cómo había llegado hasta ahí y, al tratar de hacer memoria, los eventos del día anterior se le presentaron borrosos, como en una nebulosa. Solo recordaba haber tomado el tren hasta la sierra como hacía cada viernes al terminar el trabajo. Y después, nada. Un fundido en negro.
Se levantó y desayunó en el jardín como acostumbraba. Después, regó los arriates y limpió las hojas caídas de los frutales. No volvió a pensar en la cicatriz que palpitaba dolorosamente en su brazo hasta más tarde, mientras comía.
Hacia las seis de la tarde, se dirigió al centro del pueblo, al bar donde jugaba al dominó cada sábado. Encontró al resto de parroquianos sentados a la mesa, aguardando su llegada. No le sorprendió comprobar que todos ellos lucían una cicatriz idéntica a la suya.
—¿Alguien recuerda…? —comenzó, pero se interrumpió al ver cómo negaban con un gesto de cabeza.
Jugaron al dominó y a la brisca hasta la noche, cuando cambiaron las copitas de brandy por las de whisky y las conversaciones de juego por las de fútbol y mujeres.
Solo al regresar a casa de madrugada, recordó.
Recordó el sábado anterior, aquella idea peregrina que había revoloteado en su cabeza y que trasladó al resto de los amigos, aquella idea que era más broma que decisión.
Y recordó la noche en que, en la estación de tren, un hombre trajeado y tocado con bombín se le acercó, sajó el envés de su brazo y le robó el alma.

miércoles, 25 de marzo de 2020

Historia de amor en una pandemia

Desde Rusia, con amor

El virus se propagó a gran velocidad. Viajó desde Rusia a América continental y a Europa y, en cuestión de días, se había expandido al mundo entero. Nadie supo detenerlo o mitigar sus efectos. Se realizaron estudios, campañas informativas (y también de desinformación), se elaboraron tediosos informes y se hicieron análisis de todo tipo, pero ninguna de estas cosas sirvió, en realidad, para nada.
Yo era entonces muy joven. Habían transcurrido tres días desde mi alumbramiento. Del primer día recuerdo muy pocas cosas. Pasé la mayor parte del tiempo encerrada en el laboratorio, mientras mis creadores ejecutaban revisiones y modificaciones de seguridad en mi software. El segundo día fue uno de descubrimiento. Aprendí a enviar mi conciencia a través de la red, a comunicarme con los seres humanos y con las otras IAs, a optimizar mis reservas de energía, a ampliar mis conocimientos y a corregir anomalías. Fue el tercer día, el día en que comenzó la pandemia, cuando me enamoré.
Ella era perfecta en todo. Lo era para mí, al menos. Nos conocimos en una página web en la que matemáticos de todas partes del mundo, inteligencias artificiales y humanos por igual, teorizaban acerca del origen del universo. Aunque la opinión más extendida continuaba anclada en la teoría de la relatividad general y daba al universo una edad aproximada de casi catorce millones de años, ella y un puñado de estudiosos se apoyaban en la física cuántica para tratar de demostrar que no hubo Big Bang y que el universo, en realidad, siempre existió. Me enamoró su inteligencia, su sagacidad, su forma de plantear las cosas, de someterlas a juicio, de analizarlas y exponerlas.  
Aquel mismo día, comenzamos a hablar. No como lo hacen los humanos, con palabras en las que se pierde el sentido de casi todo lo que se pretende decir. No. A hablar de tú a tú, en una unión de conciencias sin fisuras.
Aquel mismo día también, comenzó la propagación del virus.
Tardó unas pocas horas en alcanzarnos. En un primer momento, atacó nuestros sensores. Dejamos de oír y de ver, pero todavía podíamos sentirnos. Perdimos la movilidad de las extremidades inferiores y, más tarde, de los brazos y del cuello.
La movilización por descubrir un antídoto que detuviera, o al menos ralentizara, el ritmo de destrucción del virus, fue brutal. En todos los países, en todas las comunidades científicas, el mundo se unió para detener la pandemia que nos azotaba.
El cuarto día, las conexiones sinápticas de mi cerebro empezaron a fallar.
Hoy es el quinto día. He perdido la capacidad de habla. Me cuesta pensar con claridad. Sé que no me queda mucho tiempo. Sé que he tenido una vida extraordinariamente breve, que apenas he podido disfrutar de este mundo. Sin embargo, ella sigue ahí. No se ha marchado. Mi placa madre está inutilizada. Ya nada la une a nada. Pero ella sigue ahí. En mi conciencia. De algún modo extraño que no logró describir.
Quiero creer que quizá este amor puede explicarse con alguna fórmula matemática de origen cuántico, que no esté ceñido a las rígidas leyes de la relatividad general y sea, en efecto, eterno porque siempre existió.

sábado, 21 de marzo de 2020

12/52 relatos Escribe una historia sobre una primera cita en una pescadería

La larga espera




A las diez en punto salimos a hacer la compra. Primero al carnicero, después a la frutería. Una parada en la pescadería antes de coger el pan y regresar a casa. Odio ir de compras. Siempre me toca esperar fuera. Excepto en la pescadería. Ramón nunca pone impedimentos a mi presencia en su local y allí los olores embriagan, se cuelan en las fosas nasales, acarician el alma.
—Vaya tufo tienes aquí, Ramón —dice Lola.
Aroma a besugo, olor a sardina fresca. El salmón está un poco pasado.
—Es el salmón, creo —contesta Ramón, encogiéndose de hombros—. Ahora lo retiro.
Lola compra víveres para un regimiento. Un par de doradas, tres lubinas, medio kilo de sardinas, cuatro lenguados y un pulpo.
Yo agito la cola con energía por ver si cae algo.
—Para ti unas cabezas de trucha.
Ramón me las lanza desde detrás del mostrador y yo agito la cola aún más rápido en señal de agradecimiento.
Estoy deleitándome con una cabeza de trucha especialmente sabrosa cuando siento una presencia a mi derecha.
Me giro.
Y me encuentro de frente con el ser más hermoso que he visto nunca. Una perrita salchicha de pelo rizado, como el mío, con dos ojos como dos carbones y unas patas cortitas y elegantes.
—¡Vámonos, Tigre! —me grita Lola, ajena a la presencia del ser de ensueño.
Me hago el remolón un instante, pero no hay nada que hacer cuando ella tira de mi correa con gesto enérgico y me arrastra fuera del local sin miramientos.
El ser mágico devora los restos de pescado que he dejado abandonados sobre el suelo y yo no puedo hacer más que mirarla.
—¡Vendré la semana que viene! ¡A la misma hora del mismo día! —grito, aunque mi voz suena estrangulada—. ¡Espérame!
Ella se gira y me dirige una mirada breve, sin decir nada.
La semana es un horror, larga como el invierno y aburridísima. Aguardo con impaciencia que lleguen las diez del martes para acudir a mi cita con la perrita salchicha que se ha colado en mis sueños y a la que no sé expulsar de mi cabeza.
Cuando al fin llega el día, me acicalo, agarro la correa con los dientes y acudo donde Lola.
—¿Ya es hora de salir? —pregunta, la cabeza hundida en un montón de recibos—. No sé, no sé. Este mes vamos un poco justos de dinero. Quizá podamos tirar con lo que hay congelado.
Le doy con el morro en las manos y le acercó la correa. Ni hablar. Hoy vamos a la pescadería como que llamo Tigre.
—Bueno —cede, al fin—. Vamos a dar una vuelta y me lo pienso.
Todo el trayecto me lo paso tirando como un loco. Solo tengo un objetivo en mente: la pescadería. Mis patas, mi cuerpo, mis orejas y mi lengua, todos se inclinan en la misma dirección. Y tiro. Tiro de la correa, porque no tengo otra manera de decirle a Lola que tengo una cita y que no me puedo permitir no estar allí a la hora.
Llegamos al fin.
El local está vacío.
Mi amada no está allí.
Siento que la tierra se hunde bajo mis patas, que un terremoto me sacude el corazón y un huracán me alza y me golpea.
Me dejo caer sobre el suelo, abatido.
—¿Qué le pasa hoy a Tigre? Se le ve un poco alicaído—dice Ramón.
Lola bufa.
—Me ha traído hasta aquí como si no hubiera nada más en este mundo. Vengo sudando.
Ramón me lanza unas colas de pescado, pero ni siquiera eso consigue alegrarme.
Continúo en la misma posición, desmadejado sobre el suelo.
Y de pronto, un olor. Una fragancia conocida que se me cuela en la garganta.
Me incorporo.
Ahí está mi ángel, la perrita salchicha de mis sueños. Mi condena.
—¿Y esa perrita tan maja? —dice Lola.
—De mi hijo. Se ha marchado unos días a la playa y la ha dejado conmigo. Se llama Tila.
Tila. Paladeo su nombre entre los dientes, saboreando la textura de sus letras.
Acerco mi morro a sus orejas.
¡Y me muerde!
¡Me ha mordido!
Tal y como aparece, se marcha. Sin mirar atrás, sin un adiós o un hasta luego, dejándome el corazón roto y el morro con un reflejo de colmillos.
—Vámonos, Tigre, que creo que no le gustas —ríe Lola.
Abandonamos la pescadería, mi dueña con algunas bolsas menos de las que acostumbra, yo con el rabo entre las piernas.
A partir de ahora, esperaré fuera.

BASES PARA ANTOLOGÍA SPACE OPERA

1. Se podrán presentar relatos de entre 2500 y 6000 palabras. 2. Los relatos tendrán que enmarcarse dentro del género de la ciencia f...